domingo, 26 de abril de 2026

UN GRITO PERMANENTE POR COLOMBIA

En 1990 yo era Director Regional del SENA en el Cauca y a raíz del estado de violencia que en ese momento (y desde mucho tiempo atrás) azotaba a Colombia, y que hoy, 36 años después la sigue azotando todavía, decidimos poner a media asta la bandera de manera permanente. Y en Popayán acogieron la propuesta y así estuvo durante muchos meses en la mayoría de los edificios públicos de la ciudad -incluidos el de la Gobernación y la Alcaldía- y en muchas residencias, hasta que materialmente la intemperie deshizo las banderas. Hoy 36 años después reitero desde Bogotá esa propuesta, porque Colombia toda está cada vez más sumida en el horror y TENEMOS QUE APRENDER A LAMENTAR A CADA PERSONA ASESINADA COMO PROPIA

UN GRITO PERMANENTE POR COLOMBIA

Si hace seis años, tres días después del asesinato de Rodrigo Lara, no nos hubiéramos apresurado a arriar las banderas a media asta de la indignación y el desconcierto;
Si los colombianos hubiéramos izado las banderas en señal de duelo cada vez que caía asesinado un magistrado o un juez de la República;

Si todas las banderas de Colombia hubieran ondeado de luto por cada militar y por cada policía, de cualquier rango, que cayera asesinado;

Si cuando murió el Procurador General de la Nación hubiéramos entendido que era toda Colombia la que estaba siendo masacrada;

Si cuando asesinaron al Gobernador de Antioquia hubiéramos entendido que cada uno de nosotros estaba siendo asesinado;

Si cuando mataron a Héctor Abad Gómez o a Guillermo Cano o a los tantos periodistas y pensadores acallados, hubiéramos comprendido que eran nuestra libertad y nuestra dignidad las que estaban siendo aniquiladas, exiliadas;

Si sin distingos de ninguna especie, hubiéramos izado nuestro corazón a media asta en la ventana cuando asesinaron a Jaime Pardo Leal, a José Antequera, a Luis Carlos Galán, a Bernardo Jaramillo, a Carlos Pizarro;

Si hubiéramos sido capaces de llorar en voz alta al padre Ulcué, al obispo de Arauca, al párroco de Trujillo, a cada sacerdote martirizado;

Si hubiéramos sido capaces de sentir en carne propia el horror y el vacío de las familias de cada desaparecido, de cada amenazado, de cada secuestrado;

Si más allá de las noticias cotidianas, hubiéramos aprendido a sopesar y a vivenciar el significado mortal de palabras como masacre, fosa común y genocidio;

Si nos hubieran enseñado a sentir cada muerto como propio;

Si nos hubieran enseñado a reconocer en cada campesino, en cada trabajador, en cada sindicalista, en cada empresario, en cada maestro, en cada estudiante, en cada hombre, en cada mujer y en cada niño asesinados, un ser humano único, una historia truncada, un universo mutilado;

Si la solidaridad en Colombia hubiera durado en cada caso más de un minuto de silencio;
Si después del primer muerto no nos hubiéramos dejado asediar por la indiferencia, por el cinismo o por el miedo;

Si todos los colombianos hubiéramos gritado “NO” desde el principio, casi seguramente esta “horrible noche” en que han sumido a Colombia las fuerzas macabras de la muerte, no se hubiera enseñoreado.

Por eso, desde Popayán, desde el Cauca, una tierra que históricamente ha creído y sigue creyendo en el poder de la voluntad colectiva y de sus símbolos, le queremos pedir a todos los colombianos que desde hoy –y sin esperar al próximo asesinato– ICEMOS DE MANERA PERMANENTE LA BANDERA DE COLOMBIA A MEDIA ASTA, a modo de un NO rotundo en contra del terrorismo, de la barbarie, de la indignidad y de la muerte.

Un NO rotundo que debe salir como un grito expreso y permanente desde puertas, balcones, corazones y ventanas;

Un NO rotundo a quienes, mediante el terror y la violencia, quieren poner a Colombia en contravía de la Historia;

De la Historia de América y del mundo;

De nuestra propia Historia;

Un grito continuo que sólo puede cesar cuando se hayan consolidado de nuevo el respeto a la Vida, el respeto a Colombia, la garantía de un Futuro y la posibilidad de la Esperanza.

                                                                                                     Popayán, Mayo 8 de 1990


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