viernes, 13 de junio de 2014

POR QUÉ POR SANTOS


Artículo para El Nuevo Liberal de Popayán

Uno de los momentos en que yo he sentido más preocupación –por no decir más miedo- fue en ese marzo de 2008 cuando estuvimos -o estuvieron- a punto de embarcarnos en una guerra contra Venezuela y Ecuador.

Como bien recordarán, habíamos llegado a una situación en la cual entre los gobernantes se había perdido totalmente la hipocresía, ese ingrediente esencial de la diplomacia internacional y, en gran medida, de todas las relaciones humanas.

Cada presidente le iba gritando al otro, por los medios o en la cara, lo que opinaba de él, hasta el punto de que Uribe y Chávez estuvieron a punto de irse a los golpes en una reunión de la OEA. El presidente dominicano Leonel Fernández, entre otros, intervino para que se apaciguaran los ánimos, y evitó que se produjera lo que inicialmente hubiera sido un banquete para la morbosidad mundial, pero que hubiera podido desencadenar en la anunciada guerra y en una absurda matazón.

Varias personas de los tres países que trabajamos en prevención de desastres y que compartíamos la misma preocupación, escribimos un “Manifiesto contra la guerra desde la gestión del riesgo”, en el cual afirmábamos que “si los estados tienen la obligación irrenunciable de evitar los desastres para proteger la vida, la integridad y las oportunidades de sus comunidades, con mayor razón tienen la obligación de impedir una guerra”. Esa no era una afirmación coyuntural sino una convicción permanente. Estoy seguro de que hoy lo volveríamos a firmar.

La mecha siguió encendida y la bomba a la espera de un mínimo pretexto para estallar, cuando Juan Manuel Santos, tres meses después de su posesión como Presidente de Colombia y tras una reunión con Chávez en Mérida (Yucatán), nos lo presentó como su “nuevo mejor amigo”, con lo cual dio inicio a una nueva fase, menos tensa y menos peligrosa, de las relaciones entre los dos países vecinos. Y de paso con Ecuador.

Las contradicciones no cesaron del todo y creo que nadie, comenzando por Santos y Chávez, creyó realmente que cada uno se había convertido en “el mejor amigo” del otro. Pero exorcizaron el fantasma de una guerra que hubiera sido sin duda alguna una gran tragedia para toda la región.

¿Quién la hubiera “ganado”? Nadie. Todavía hoy estaríamos intentándonos reponer de esa brutalidad. Basta saber cuánto cuesta en nuestros países, en tiempo, en dinero y en esfuerzos, construir una carretera, un puente, una fábrica, un aeropuerto o cualquier otra instalación vital. Y sobre todo, cuánto cuesta la sanación de las heridas del alma.

Además, por muy valientes, experimentadas, motivadas y bien entrenadas que estén las Fuerzas Armadas colombianas, no creo que hubiera sido fácil enfrentar una guerra con varios frentes en el ámbito internacional, cuando llevamos 70 o más años intentando superar el conflicto armado en el interior del país. Y cuando, si mal no entiendo, por lo menos parte de la crisis venezolana actual se debe a que gastaron en armas y equipos de guerra una porción importante de los recursos que hubieran podido usar para satisfacer necesidades básicas de la población. El que se gasta los ahorros en armas debe tener unas ganas enormes de poderlas usar.

Pues en este caso, afortunadamente, la hipocresía, el sentido histórico y la responsabilidad primaron sobre el apasionamiento (“Colombia es pasión”, como lo es todo pueblo envenenado y aupado contra un enemigo inventado o real).

Una de las razones por las cuales voy a votar por Santos es porque creo que, si bien es necesario realizar muchos ajustes en las relaciones internacionales (por ejemplo para que no sigamos perdiendo territorio como consecuencia de muchas décadas de manejo desafortunado del conflicto jurídico por el mar territorial), también es necesario seguir gestionando las contradicciones actuales y futuras con los países fronterizos en el marco de la paz. Los envalentonamientos pueden servir para generar una falsa y temporal sensación de unidad nacional, pero terminan conduciendo al desangre.

Otra razón es porque a pesar de todos los interrogantes sin respuesta que nos genera el proceso que se está llevando a cabo en La Habana, estoy seguro de que es necesario seguir avanzando por ese espinoso laberinto tal y como lo está haciendo el equipo negociador que coordina Humberto de la Calle, bajo la dirección de Santos y con el espacio político que le ha abierto él. Un proceso que hoy cuenta con el cauto pero esperanzado respaldo de un enorme porcentaje del país y de la comunidad internacional. No conviene cambiar al cirujano y a su equipo en un momento crítico de un trasplante de corazón, ni dejar al paciente con las tripas al aire mientras se conforma un nuevo equipo negociador y se vuelve a comenzar desde cero la operación.

Si bien nadie puede garantizar con absoluta certeza que ese paciente en cuidados intensivos que es el proceso de paz va a sobrevivir y a retornar a una vida “normal” tras esta operación, de lo que sí tengo certeza es de que si en este momento apagan las luces del quirófano e interrumpen el proceso, el enfermo se va a morir. El que llegue se limitará a levantar el acta de defunción.

Existen también muchos aspectos en los que discrepo del gobierno de Santos, uno de ellos la manera como ha mantenido, sin reformas sustanciales, el rumbo de la locomotora minera que heredó del gobierno de Uribe. Habrá que seguir debatiendo muy profundamente y buscando cambios sustanciales en ese y en otros temas relacionados con la manera como se entiende y se lleva a cabo el desarrollo en el país, en especial en cuanto hace referencia a la Colombia rural.

Y desde la sociedad civil hay que profundizar ese debate, entre otras razones, porque de llegarse a firmar los acuerdos de paz en La Habana, es necesario contar con un suelo verdaderamente fértil y propicio -y con agua suficiente- para que germine en él la todavía muy débil y amenazada semilla de la paz.

Mi voto por Santos el domingo no es porque considere que su visión del país es propiamente “ambientalista” (todo lo contrario), sino porque creo que con él en la Presidencia no corren tanto peligro todos esos artículos que todavía quedan en la Constitución y que garantizan unos derechos fundamentales y la posibilidad de hacerlos respetar mediante herramientas también constitucionales y a través de la movilización pacífica y la participación real (otro derecho por el cual también hay que seguir dando la pelea).

No voy a votar, pues, ni por las blancas ni por las negras, sino por un Presidente que no creo que le vaya a dar una patada al tablero.

Voy a votar el domingo por Santos.

Bogotá, Junio 12 de 2014






LA BERRAQUERA DE LA VIDA

                                                                       
Hoy es el lanzamiento de este libro de estrevistas a hombres y mujeres sobrevivientes de minas antipersonal. Contiene los resultados de una investigación realizada por Ana Lucía Rodríguez y Manuela Gaviria con el apoyo de la Fundación Handicap Internacional y la Agencia Suiza de Cooperación COSUDE. Ana Lucía me hizo el honor de invitarme a escribir el EPÍLOGO que aquí transcribo. El Prólogo fue escrito por Francisco de Roux


Existe una rama de la biología que se dedica al estudio de los extremófilos, que son seres vivos, en su mayoría microorganismos, adaptados para cumplir todo su ciclo vital en condiciones extremas de temperatura (frío o calor), de presión, de salinidad, de radiación, de acidez, de ausencia de humedad, de presencia de metales tóxicos y, en muchos casos, de varias de esas condiciones a la vez. Seres que viven en medios que resultarían imposibles para otras especies.

También hay otros seres que estrictamente escapan al concepto de extremófilos pero que, como las plantas enraizadas en los suelos subacuáticos de las zonas intermareales, están sometidos a sacudidas permanentes en medio de las cuales deben llevar a cabo todas sus funciones vitales, incluyendo la alimentación y la reproducción. Seres para los cuales la existencia es sinónimo de, lo que desde nuestro punto de vista, sería una crisis permanente. Todos estos seres -los extremófilos en sentido estricto y los extremófilos por extensión- son expresiones de la berraquera de la Vida.

Berraquera es una palabra propia del slang colombiano, que escrita así con “b”, hace referencia a una mezcla de fortaleza más inteligencia vital estratégica más terquedad, que resulta capaz de vencer las condiciones adversas que se oponen al logro de un objetivo cualquiera. En este caso, nada menos que al objetivo de existir.

La berraquera de la Vida es una manifestación de la Voluntad de Vida intrínseca en todos los seres vivos y que en los seres humanos, individual y muchas veces colectivamente, se vuelve intencionalidad consciente de existir a pesar de todas las evidencias aniquiladoras.

A esa berraquera de la Vida hace referencia, precisamente, la palabra “resiliencia”, que desde el punto de vista de la Seguridad Territorial, se refiere a la capacidad de un territorio (de sus ecosistemas, de sus comunidades y de sus instituciones) para evitar que los efectos de una transformación interna o externa generen una crisis (resistencia) y para recuperarse satisfactoria y oportunamente cuando la crisis no se haya podido evitar (resiliencia propiamente dicha).

En términos coloquiales, la resistencia-resiliencia es la capacidad de una telaraña para aguantar sin romperse los efectos de un balonazo, y la capacidad de las arañas para volver a tejer la telaraña luego de que el balonazo la ha roto, inclusive cuando las arañas mismas han resultado directamente afectadas en su integridad “personal”. Los balonazos pueden ser de distintos orígenes, desde los efectos de un terremoto, de una erupción volcánica o de un huracán, hasta los que provienen de procesos humanos como la guerra, el desarrollo mismo o una crisis financiera a nivel interno o internacional.

Todas las personas que Ana Lucía Rodríguez ha entrevistado para escribir este libro, son extremófilos humanos, que han sido capaces de reconstruirse tras situaciones extremas de crisis individual, familiar y territorial que, a la luz de toda racionalidad convencional, parecerían imposibles de superar.

Las historias de vida que nos han sacudido en estas páginas nos permiten comenzar a entender y en lo posible a sistematizar (como lo ha hecho Ana Lucía en sus reflexiones finales), las razones y las sinrazones que, muchas veces contra toda lógica, les han permitido a todas estas heroínas y héroes de la vida cotidiana, volver a nacer como nuevos sujetos sociales tras el impacto de una crisis aniquiladora de tal magnitud.

Cuando alguien de una familia y de una comunidad muere o queda mutilado como consecuencia de haber pisado una mina antipersonal, no es solamente quien ha tenido el “accidente”, sino todo su grupo familiar y social, quien muere o queda mutilado en su dimensión emocional y, en la mayoría de los casos, en las demás dimensiones que hacen vivible la cotidianidad.

Es evidente, sin embargo, que para las personas que hemos conocido a través de estas páginas, ese desafío de resiliencia no constituye una novedad; que el episodio con la mina antipersonal es un capítulo más de una existencia lograda contra toda lógica convencional, en medio de la crisis y de sacudidas permanentes, como aquellas a que están sometidas las plantas en las zonas intermareales.

La Colombia urbana y la rural están llenas de estos extremófilos humanos que, como consecuencia de las distintas modalidades de violencia que históricamente han agobiado y siguen agobiando al país, se ven sometidos de manera permanente a situaciones que convierten a los territorios de los cuales forman parte, en fuentes de amenazas a las cuales deben adaptarse o de las cuales, como último recurso, se ven obligados a huir.

He incursionado varias veces en el drama de la pérdida del territorio como crisis de identidad, en particular al abordar el tema de la salud emocional, afectiva y cultural enlos desastres, sobre lo cual escribí:

“Pongámonos en la situación del niño cuya madre –a quien identifica como territorio de identidad y de seguridad- se enferma gravemente o por alguna razón se convierte en amenaza para él. El niño es expulsado abruptamente del territorio de la certeza, para sumirse en el de la incertidumbre y la inseguridad. Lo que antes, consciente o inconscientemente, era sinónimo de protección, se convierte en algo de lo que hay que huir, pero que no se quiere abandonar.”

En el caso particular de la afectación de una persona por haber pisado una mina antipersonal, el cuerpo mismo se convierte en “territorio desconocido” para quien despierta y encuentra que ha perdido una o más extremidades, y que su alma y su piel están llenas de heridas y de marcas imborrables dejadas por la explosión.

Por otra parte, el grupo familiar encuentra que ese sobreviviente que forma parte de él, es un nuevo ser que entra a otorgarle nuevas dimensiones dramáticas al territorio de crisis y que somete a ese grupo, regocijado por su supervivencia, a una cantidad enorme de tensiones cotidianas que deben aprender a manejar.

En ambas escalas el campo minado ya no es solamente el territorio “exterior”. Para el directamente afectado es su propio cuerpo, y para el grupo familiar es ese “nuevo miembro” en que se ha convertido quien se ha visto obligado a renacer.

Pero así mismo, y ese es posiblemente uno de los principales aportes de este libro, nos damos cuenta de que, como en un juego de matrioskas o muñecas rusas, existe una fractalidad cualitativa tanto en la manera como la crisis que afecta al territorio minado se reproduce en la comunidad, en el grupo familiar y en la persona afectada, como en los factores que les otorgan capacidad de resistencia-resiliencia a todos esos territorios de distintas escalas.

En otras palabras, los factores y las interacciones y dinámicas que le otorgan Seguridad Territorial al territorio mayor –la cuenca, por ejemplo- son los mismos factores y las mismas interacciones y dinámicas que intervienen o que se deben hacer intervenir para apoyar la recuperación del individuo y de su grupo familiar.

Así por ejemplo, para el proceso de reconstrucción de las vidas de las personas entrevistadas y de sus grupos familiares, han resultado vitales la existencia de redes de apoyo conformadas por instituciones públicas y organizaciones privadas coordinadas entre sí, que siguen protocolos prestablecidos de actuación, capaces de otorgarles a los afectados la certeza teórica y la sensación práctica de que no se encuentran solos y de que existe una Constitución y unas leyes que les reconocen sus derechos, y unas personas que trabajan para hacerlos efectivos (Seguridad Jurídica-Institucional); los apoyos concretos para ejercer una actividad productiva que les permita generar recursos con sus propios medios (Seguridad Económica, Seguridad Alimentaria); la posibilidad (todavía, desafortunadamente muy precaria en gran parte del país), de regresar a los territorios de los cuales fueron desplazados o de entrar a formar parte de territorios que les ofrezcan la seguridad perdida en sus territorios originales.

Y sobre todo, la seguridad afectiva, emocional y cultural que surge de recomponer la identidad a partir del amor propio, del sentido de pertenencia, de afecto y de responsabilidad hacia un grupo familiar y hacia una comunidad, y de la existencia de un proyecto de vida, entendido como una razón para existir.

La seguridad afectiva, emocional y cultural depende de la posibilidad de generar un discurso propio que permita metabolizar la crisis, cumpliendo la función que ejercen las llamadas extremoenzimas gracias a las cuales los extremófilos pueden existir en ambientes inviables para cualquier otro organismo.

Las lecciones que deja este libro no solamente son aplicables para quienes han sido o serán afectados en el futuro por minas antipersonal, sino para todas las comunidades colombianas urbanas y rurales que de una u otra manera se ven obligadas a trasegar los caminos minados del territorio y de la historia nacional.

2014 se presenta en Colombia y en el mundo, como un año de muchas definiciones –o por lo menos de muchas radicalizaciones- que ojalá redunden en beneficio del Derecho a la Vida con calidad y dignidad, de todos los seres vivos, en todas sus escalas y manifestaciones.

Que esas definiciones, cambios y radicalizaciones apunten en un sentido o en otro, no se deberá solamente a condiciones aleatorias, sino a compromisos humanos y a actuaciones coherentes con esos compromisos.

Este libro nos aporta ejemplos de Vida (con mayúscula) y claves sobre posibles maneras de pensar y de actuar.

Gustavo Wilches-Chaux
Bogotá, Enero 2014






viernes, 13 de diciembre de 2013

Carta abierta al Presidente sobre la destitución del Alcalde Mayor de Bogotá


Bogotá, Diciembre 12 de 2013

Señor
Juan Manuel Santos
Presidente de la República
Bogotá

Asunto: Carta abierta para que se protejan la esencia del Estado de Derecho y la Constitución Nacional

Señor Presidente:

Suscribimos esta comunicación colombianas y colombianos que, con compromiso ambientalista y desde distintos escenarios del acontecer nacional, nos dedicamos a construir condiciones propicias para que la vida, en todas sus manifestaciones, pueda desarrollarse en Colombia con calidad y dignidad.

Somos conscientes de que un ambiente sano para la vida, y en particular para la vida humana, requiere de múltiples factores como la calidad del agua y del aire, la integridad y diversidad de los ecosistemas y el suelo sin contaminar, pero también de la existencia de una paz real basada en la eficacia de un Estado de Derecho cuya principal función sea la promoción y protección efectiva de los derechos de todas las personas que formamos parte del territorio nacional y que solo es posible en el marco de una construcción social y democrática.

La Constitución colombiana, tanto en múltiples artículos puntuales como en su espíritu general, elimina cualquier posibilidad de discriminación por razones étnicas, de género, de edad, de credo o de circunstancias de carácter económico, político y social, y consagra el derecho fundamental a la vida y todos los derechos necesarios para que el ejercicio de ese derecho no sea retórico sino real.

Al amanecer de hoy 13 de Diciembre de 2013
 (No, las fotos no van en la carta al Presidente)

Nos unimos, en consecuencia, a las voces de miles de personas que hoy expresan su preocupación por la manera como, bajo una fachada de aparente constitucionalidad, el señor Procurador General de la Nación viene ejerciendo sus funciones de control, atropellando los pilares mismos que inspiran y justifican la Constitución Nacional.

Como ciudadanos y ciudadanas que creemos en la democracia, reclamamos respeto a la legitimidad que le otorgamos al poder político cuando asistimos a las urnas y que fue desconocida por un acto administrativo a todas luces contrario a la Carta Política y al Pacto de San José, signado por Colombia, que al formar parte del bloque de constitucionalidad impera sobre las normas internas del país.

La destitución del Alcalde de Bogotá no es una decisión aislada sino un eslabón más de una cadena de actuaciones que atentan contra los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, el derecho al libre desarrollo de la personalidad, los derechos de las minorías, los derechos colectivos a un ambiente sano, los derechos de los animales, la adaptación al cambio climático, el derecho a una administración equitativa de la Justicia y los derechos de quienes libremente han elegido opciones sexuales que, en opinión del Procurador, no merecen protección legal por parte del Estado ni respeto por parte de la sociedad.

El caimán aguja que llegó hoy a Bogotá con el atardecer

Usted es consciente, señor Presidente de la República, de que la destitución del Alcalde Mayor de Bogotá forma parte de un proyecto ideológico que tiene como fin último la derogatoria de la Constitución Política y la implantación de un régimen en el cual desaparezca cualquier amago de oposición en cualquier campo y cualquier expresión de libertad y de diversidad.

Bien sabe usted que uno de los objetivos inmediatos en la mira de quienes, desde orillas extremas opuestas, se empeñan en socavar el régimen democrático, es la destrucción del proceso de paz. A pesar de las múltiples dificultades que atraviesa, ese proceso al cual usted le está apostando, constituye la única esperanza de que a las próximas generaciones de colombianas y colombianos no se les niegue, como se nos ha negado a las cinco generaciones anteriores, el derecho a ser parte de un país en paz.

No le reconocemos al Procurador General de la Nación ninguna legitimidad para invocar consideraciones ambientales como fundamento de decisiones como la de destituir  e inhabilitar políticamente al Alcalde de Bogotá, La gran mayoría de las actuaciones del Procurador que han tenido alguna relación con el ambiente, han sido claramente adversas a los derechos ambientales de la comunidad y contrarias al deber del Estado de proteger la integridad y diversidad de los ecosistemas colombianos.

Las decisiones de la Procuraduría en los casos de los proyectos mineros en Santurbán y La Colosa, de los acuíferos del río Tunjuelo (Bogotá), del proyecto hidroeléctrico de El Quimbo y la declaratoria del área de reserva forestal del Borde Norte en Bogotá, sumadas a la ausencia de intervenciones eficaces frente, por ejemplo, el otorgamiento de títulos mineros en territorios étnicos, áreas protegidas y ecosistemas estratégicos, demuestran de qué lado se encuentra ese organismo de control frente al tema ambiental.

También al atardecer de hoy Viernes 13 de Diciembre

Con fundamento en lo anterior, solicitamos a usted que haciendo uso de todas las herramientas que le otorgan la Constitución, la Ley y los convenios internacionales de los cuales forma parte el país, incluida la facultad para invocar la Excepción de Inconstitucionalidad, se abstenga de tomar cualquier decisión que avale y legitime la manera como se están pretendiendo bombardear desde adentro tanto el Estado de Derecho como la Constitución Nacional.

Hoy es el caso de la destitución y condena a muerte política al Alcalde de Bogotá. Ayer han sido otros muchos casos con menos visibilidad y, de avalar hoy expresa o tácitamente, esa decisión desde el Poder Ejecutivo que usted representa, mañana van a ser muchísimos más.

Si Usted, como Jefe de Estado, que al igual que el Alcalde de Bogotá también es legitimado por la voluntad popular, no interviene en defensa de quienes creyeron en la posibilidad de que se fortaleciera la democracia y se alcanzara la paz, continuaremos sumidos en este estado de cosas que se pretende justificar con consideraciones políticas disfrazadas de argumentos jurídicos, que sirven de excusa para desconocer los derechos humanos y la justica social.

De usted, respetuosamente,

 SIGUEN FIRMAS 




domingo, 20 de octubre de 2013

EL CAUCA Y NUESTRA PAZ INTERIOR

Este artículo fue publicado en El Nuevo Liberal de Popayán en Abril de 2013, pero por alguna razón no lo encuentro en la página web del periódico donde aparecen otros artículos míosVoy a pedirles el favor de que lo suban, pero mientras tanto lo comparto por aquí, pues aunque fue escrito hace seis meses y en consecuencia tiene medio año de desactualización, muchas de las reflexiones y de los datos sobre procesos en curso siguen vigentes.


Aún si en La Habana llegan a buen término los acuerdos de paz, el Cauca debe adelantar su propio proceso de paz interior.

Más aún: al igual que en el resto de Colombia, la efectividad en el Cauca de los acuerdos dependerá de que seamos capaces de preparar el suelo para que germine la delicada semilla de la paz.

Y por supuesto, en la indeseada eventualidad de que esas negociaciones condujeran a una nueva frustración, la paz interior en el Cauca se convertiría en un requisito indispensable “para que la ruina no sea total”, como pide la inscripción en la Cruz de Belén. 



En el Cauca confluyen tendencias constructivas, generadoras de vida, y tendencias destructivas que apuntan hacia la agudización de la violencia y el empobrecimiento en esas dimensiones en las que somos uno de los lugares más ricos del planeta: nuestra diversidad ecológica, hídrica, étnica y cultural.

Por ejemplo: el Plan de Desarrollo Departamental ha sido calificado como “el mejor del país”; el Plan Estratégico de Ciencia, Tecnología e Innovación “CONCIENCIA CAUCA” plantea una aproximación totalmente innovadora en sí misma a esos temas, y de hecho el departamento ha recibido la segunda mayor asignación de recursos nacionales para investigación científica después de Bogotá; el Contrato Plan del Norte abre la oportunidad de invertir  620 mil millones de pesos en la construcción de un modelo de desarrollo basado en la convivencia activa entre distintos actores, con distintas cosmovisiones, pero con enormes oportunidades para complementarse entre sí; la decisión del Departamento Nacional de Planeación de salir de su torre de marfil para concertar el nuevo CONPES con una multiplicidad de actores de las cinco regiones del Cauca, puede conducir a que ese documento de política social verdaderamente comprometa al Estado nacional con las prioridades del territorio real; se han creado Mesas Interétnicas entre distintas organizaciones, que tienen por objeto explorar caminos para transformar de manera no violenta los conflictos entre indígenas, campesinos mestizos y comunidades negras; en 2012 el CRIC le presentó al Gobierno Nacional una propuesta viable para construir la paz en y desde el territorio caucano; las mesas de negociación entre indígenas y Gobierno se mantienen activas a pesar de las dificultades. Y sobre todo, la gran mayoría de la población caucana quiere la paz.

Pero al mismo tiempo continúan los enfrentamientos entre indígenas y campesinos y entre varios sectores aumenta la polarización; continúan los ataques guerrilleros y las minas antipersonal; el 10% de la población rural del Departamento tiene la condición de desplazada; la minería ilegal –y muchas veces la legal- avanzan con voracidad sobre territorios estratégicos para la viabilidad ecológica de los territorios y la identidad de las comunidades que forman parte de ellos; en 2012 Popayán fue la ciudad con mayor desempleo y el Cauca uno de los dos Departamentos con mayores necesidades básicas insatisfechas del país.

En manos del Cauca está la posibilidad de conjurar esas y otras muchas dinámicas de destrucción que faltó enumerar. El desafío de fortalecer la capacidad de transformar pacíficamente los conflictos debe asumirse con la plena participación de todos los actores regionales, urbanos y rurales, y de los ecosistemas de cada región. Esa riqueza territorial, ecológica, hídrica y cultural, cada vez más estratégica en un escenario global de cambio climático, se debe convertir en el terreno abonado que necesita la paz. Nuestra paz interior.

Gustavo Wilches-Chaux
Abril 22 de 2013


domingo, 1 de septiembre de 2013

DEL PARO AGRARIO AL VUELO EN BANDADA


 “Comportamiento emergente” en teoría

Quienes estudian los sistemas complejos llaman “comportamiento emergente” al salto cualitativo entre la manera simple de volar una golondrina y la manera compleja de volar una bandada; o entre la manera de nadar un pez pequeño y la de nadar un cardumen. O entre el impulso eléctrico que activa una neurona y el surgimiento de una idea o la activación de un recuerdo. O a la dinámica tras el proceso que sigue un óvulo fecundado para formar un ser humano.




El comportamiento emergente es una de las estrategias que le han permitido a la Vida convertir a éste en un planeta vivo -es decir: generar la biosfera- ese sistema en permanente interacción con todos los demás sistemas concatenados (a veces llamados erróneamente “capas”) que conforman la Tierra: atmósfera, litósfera, hidrósfera, etc.


Un principio fundamental de la Teoría de Sistemas es que “el todo es (cualitativamente) más que la suma de sus partes”. Lo podemos comprobar en nuestras propias “entidades”: somos mucho más que una mera suma de órganos,  al igual que nuestro grupo familiar es mucho más que una mera agrupación de personas. Así mismo, una bandada es mucho más que una suma de pájaros. (Recomiendo que no dejen de ver el video al  cual se accede con el link anterior)


“Comportamiento emergente” en acción

Abordo este tema en este preciso momento, porque considero que la manera como lo que comenzó como un “paro agrario”, en un poco más de una semana se convirtió en una movilización nacional sin precedentes, constituye un buen ejemplo, en el ámbito social, de comportamiento emergente.

Foto: Vanguardia

Se comenzó a gestar, por lo menos en su última etapa, en el primer semestre del año, con el llamado “paro cafetero”, pero a diferencia de otros de los tantísimos paros sectoriales que anualmente se llevan a cabo en Colombia, este movimiento fue adquiriendo una dinámica propia que continuó fortaleciéndose más allá de los acuerdos puntuales que permitieron la superación de ese paro.


Existen, por supuesto, condiciones en el entorno económico, político y social del país que han propiciado que eso ocurra, pero esas condiciones han existido también en el pasado sin que otros paros, incluso los llamados “nacionales”, hayan logrado dar ese salto.


Ignoro detalles de la organización que convocó al paro que comenzó el 19 de Agosto pasado, pero me atrevo a pensar que, lejos de lo que mucha gente pueda suponer, en el actual movimiento de carácter nacional no existe un “cerebro central” ni una instancia coordinadora única que haya ideado ni los distintos pasos que se han venido dando, ni que haya planificado los alcances de eso en lo que hoy se ha convertido el “paro agrario”, y que se sigue llamando así a pesar de que está movilizando a muchos sectores no necesariamente vinculados con el campo.

Interpreto lo que está pasando, más bien, como un fenómeno de comunicación y de contagio –una dinámica viral-  y un liderazgo descentralizado, que está haciendo que cada uno de los sectores o movimientos involucrados, sin perder ni su autonomía ni la especificidad de sus reclamos, se haya vinculado a ese remolino social cuyos alcances potenciales todos (creo que incluyendo sus líderes sectoriales) hoy ignoramos.

El todo es más que la suma de sus partes.

Esta “onda” que recorre al país de un extremo a otro es mucho más que una suma de pliegos de peticiones. Por eso no se va a “solucionar” solamente con otorgar nuevos subsidios ni con eliminar los aranceles a los insumos importados para la producción agropecuaria ni con bajar los precios de los combustibles. Por bien intencionadas que sean, esas medidas lineales y puntuales resultan insuficientes para interactuar eficazmente y de manera sostenible con procesos complejos.

Si medidas como la eliminación de aranceles para la importación de agroquímicos, solicitada por los campesinos en paro, no se adoptan en el marco de políticas más amplias de soberanía agropecuaria, pueden resultar contraproducentes e incrementar el uso y la dependencia del país frente a las empresas que producen esas sustancias

Muy seguramente esas mismas y otras decisiones puntuales deberán adoptarse y mantenerse, pero como piezas articuladas de una estrategia más compleja, que en este momento solamente visualizo como una redefinición concertada de conceptos como territorio y desarrollo. Y como la adopción de una serie de políticas públicas tendientes a reorientar la actuación y la inversión del Estado de acuerdo con esas redefiniciones.

El vandalismo: entropía o desorganización que debilita el sistema

Un desafío que comparten los líderes del Estado y de los movimientos sociales (y que compartimos todos los integrantes de este gran sistema complejo que es Colombia), es descubrir la manera de influir sobre la bandada para que su propia dinámica evite que se apodere de ella la violencia –cualquiera que sea la procedencia de sus instigadores- y que la convierta en instrumento de destrucción y de muerte. (Para evitar que se apodere de ella la entropía, dirán quienes estudian los sistemas complejos desde el punto de vista de la termodinámica).


Los actos de vandalismo que, hasta cuando esto se escribe, llegaron a un máximo nivel en Bogotá y en otras ciudades de Colombia el jueves 29 de Agosto, son un ejemplo del tipo de fuerzas y de efectos destructores de la organización y de la dinámica del sistema complejo. Es decir: son entropía, aunque no podría decir si planificada o espontánea. Lejos de apoyar el paro, esos actos de vandalismo lo debilitaron y pueden acabar por destruirlo.

Resulta inevitable recordar cómo el vandalismo que siguió al asesinato de Gaitán en 1948 impidió que surgiera una resistencia organizada y capaz de evitar la implantación de ese periodo nefasto que se conoce como “La Violencia”, del cual surgió ese proceso de exterminio cuyos efectos, 65 años después, todavía padecemos. Con los sucesos nefastos del 9 de Abril de 1948 y lo que estos desencadenaron, la extrema derecha colombiana logró conjurar la amenaza de la reforma agraria que desde la Ley 200 de 1936 se había venido intentando.

El Bogotazo - Foto: de la Urbe

Ejemplos de “dinámicas virales” en sentido contrario, o sea en favor de la libertad, de la equidad y de la vida, han sido los movimientos orientados por el liderazgo inspirador (más que por un liderazgo autoritario) de personajes como Gandhi, como Martin Luther King y como Nelson Mandela, que supieron, cada uno en su circunstancia y en su espacio, inocular en la bandada unos principios, unas formas de actuar y unos fines éticos capaces de enfocar toda su fuerza hacia la construcción de vida y no hacia la barbarie.

No descarto la posibilidad de que detrás de los actos de vandalismo con que se ha intentado empañar el paro agrario, exista la intención expresa de desvirtuar y de debilitar las dinámicas que lo impulsan para, de paso, llevarse en los cachos los diálogos de paz que se llevan a cabo en La Habana. Aunque pienso también que podría estar sobrestimando la capacidad estratégica y de movilización de quienes tiene interés en desvirtuarlo. 

Un primer logro importante del paro agrario es que las ciudades colombianas hayan descubierto que tienen el corazón y la raíz en el campo

 Ver: ¿Ciudades sostenibles? 
La deuda de las ciudades

De todas maneras, la sorpresiva solidaridad de una gran parte de la Colombia urbana con una Colombia campesina que para muchos de los habitantes de las ciudades era hasta hoy desconocida (o por lo menos no reconocida), debe estar generando preocupación en muchos actores y sectores con intereses muy concretos en su propia apuesta de lo que debe ser “el desarrollo” del campo.

 Foto: SEMANA

¿Tendrán el Gobierno y otros líderes del Sistema la visión y la sutileza necesarias para interactuar con esas dinámicas complejas y para contribuir a evitar que, como decía atrás, se conviertan en instrumentos de destrucción y de muerte?

En el Egipto de hoy tenemos un buen ejemplo de lo que sucede cuando fuerzas extremas que no se resignan a perder el poder, aprovechan para retomarlo -de golpe- las vulnerabilidades y las grietas de una institucionalidad legítimamente constituida.  Ese es un escenario posible, al cual no quisiéramos llegar en Colombia.

Gustavo Wilches-Chaux
Popayán, Cauca, Agosto 30 de 2013

Posdata 1: Las organizaciones indígenas del Cauca se han unido al paro agrario y han convocado a una marcha que llegará a Popayán el 3 de Septiembre. Varios líderes indígenas han manifestado expresamente su decisión de hacer de esa marcha un llamado a la unidad y a la reconciliación entre los distintos actores y sectores empeñados en transformar pacíficamente al departamento de Cauca. Ojalá esa decisión comprometa a todos los integrantes de la marcha y ojalá las condiciones resulten propicias para mantener esa actitud y ese objetivo.


Posdata 2: Ayer 31 de Agosto el pueblo Misak (comunidades Guambianas) llevaron a cabo una marcha en Popayán que fue ejemplo de organización y de orden. La organización indígena demostró su capacidad para la movilización pacífica.

Posdata 3 (Septiembre 4 de 2013): La marcha con que los indígenas Nasa entraron a Popayán el pasado martes 3 de Septiembre fue un ejemplo de orden, de capacidad organizativa y de la experiencia que han acumulado estas comunidades en su proceso de resistencia pacífica. Quedó demostrado que las comunidades organizadas y que poseen un fuerte sentido de identidad, de pertenencia y de propósito colectivo, tienen una gran capacidad para evitar infiltraciones nocivas y para impedir que se desvirtúen los propósitos de sus movilizaciones. Felicitaciones a las comunidades indígenas y felicitaciones en general al Cauca.

Foto: EL TIEMPO

Este artículo se publicó en El Nuevo Liberal el 1° de Septiembre de 2013

lunes, 27 de agosto de 2012

lunes, 23 de julio de 2012

ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE LA GUERRA EN EL CAUCA


A raíz de un artículo titulado "CÓMO GANAR LA PAZ EN EL CAUCA" que publicó la revista virtual RAZÓN PÚBLICA, la redacción política del periódico El TIEMPO tuvo la gentileza de solicitarme que ampliara mi visión sobre la guerra en ese departamento. Como por razones propias de las limitaciones de espacio en los periódicos impresos y virtuales, algunas de las preguntas y respuestas no fueron publicadas, incluyo aquí los textos completos para quien tenga el interés, el tiempo y la paciencia de darles una mirada. 


  1. ¿Qué explica el levantamiento indígena en el Cauca?

R: No estoy seguro de que calificar lo que está sucediendo en el Cauca como un “levantamiento indígena” sea acertado. Es más bien un momento de “visibilidad nacional” de un proceso de resistencia cultural y territorial que lleva muchas décadas, en el cual sólo se fija el país cuando la violencia de distintos lados se toma el protagonismo. Mientras el proceso se adelanta de manera pacífica, es invisible, lo cual constituye un mensaje muy negativo sobre la eficacia mediática de la acción no violenta.

  1. ¿Hay razones de peso para pensar que los indígenas se han movilizado para favorecer a las Farc o al narcotráfico, como se ha sugerido por parte de algunas voces?

R: Definitivamente los indígenas NO SE HAN MOVILIZADO PARA FAVORECER A LAS FARC O AL NARCONTRÁFICO, sino para exigir que sus territorios no sigan siendo escenarios de guerra, lo cual los convierte en los más directos damnificados de la misma. Eso no quiere decir que las FARC, al igual que los intereses y los actores de la extrema derecha, no intenten infiltrar y capitalizar a su favor la protesta social legítima. O que, como está pasando ahora, no intenten utilizar el episodio del sargento que no disparó en Toribío, para “levantar” a los militares contra el Gobierno de Santos. Eso no sucede solamente en el Cauca sino en todo el país. No quiere decir que algunos sectores indígenas no hayan caído en la tentación de la extrema izquierda como otros han caído en la de la extrema derecha. De allí la importancia de apoyar el afán del movimiento indígena y de las organizaciones que lo representan y lideran, en el sentido de que ni sus comunidades ni sus territorios deben formar parte de la guerra. El artículo 22 de la Constitución dice textualmente que la paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento. Los indígenas se toman la Constitución más en serio que otros sectores de Colombia y actúan de conformidad… y por eso los tachan de subversivos y los acusan de violar la Constitución.

  1. ¿Por qué el Estado no puede dejarle la seguridad de la zona a los indígenas, cuál es el problema con esto?

R: La mera presencia militar en los territorios indígenas no es garantía de seguridad para las comunidades y eso queda demostrado todos los días. Hace un año, con el pueblo totalmente militarizado, explotó en Toribío una “chiva bomba” que destruyó una cantidad de edificaciones y que dejó a muchas familias sin vivienda y sin trabajo. El enfrentamiento armado entre las fuerzas del Estado y los grupos por fuera de la ley es diario y la población civil está atrapada en la mitad. Aquí no se trata de “dejarle la seguridad de la zona a los indígenas”, sino de reconocer, en primer lugar, que la seguridad no es un tema solamente de armas, sino una condición integral de la existencia que incluye, entre otros factores, el respeto a la Constitución, la eficacia de la gobernabilidad y la identidad con el territorio del cual un grupo humano forma parte. El Estado nacional y las autoridades indígenas, que de acuerdo con la Constitución son Estado en las Entidades Territoriales correspondientes, están en condiciones de concertar cuál es la manera más respetuosa y por ende más eficaz de “administrar la seguridad” al interior de los territorios indígenas y en los alrededores de los mismos. La organización indígena no solamente ha expresado su decisión de expulsar de su territorio a grupos armados ilegales y a narcotraficantes, sino que muchas veces ha actuado con eficacia en esa dirección. Lo que pasa es que si no cuentan con el apoyo sino con la hostilidad del Estado y de la sociedad nacional, esa tarea se vuelve doblemente difícil.

  1. ¿Por qué pasa esto en el Cauca y no en otros lugares del país?

R: Los procesos organizativos de la comunidad nasa del Cauca han alcanzado unos niveles de madurez que no tienen otras comunidades étnicas del país. Ojalá existieran procesos organizativos similares en otros lugares de Colombia, incluso en zonas urbanas. Juanita León, en su libro “No somos machos pero somos muchos”, analiza varios procesos de resistencia civil en Colombia, entre ellos la tentativa de Antanas Mockus de generar un tejido social proactivo y eficaz en Bogotá y las razones por lo cual ese propósito no prosperó. En la mayoría del país, donde no existe una resistencia civil no violenta, y con capacidad de producir resultados, es indispensable la presencia de las Fuerzas Militares, de la Policía y de los organismos de seguridad del Estado haciendo uso del monopolio de la fuerza de manera responsable y controlada. 

  1. ¿Por qué el Estado y los indígenas del Cauca no han logrado entenderse en las últimas décadas?

R: Se han entendido muchas veces, con resultados satisfactorios. Lo que pasa es que, como sucede con la gestión del riesgo y con el trabajo de la mamá en la casa, cuando es eficaz y no hay desastres, entonces es invisible. Solamente se nota cuando falta o fracasa. En el Cauca hay una enorme riqueza de experiencias en las cuales la acción concertada entre instituciones del Estado y las organizaciones étnicas, campesinas y comunitarias en general, ha conducido a resultados muy exitosos. Pero como que ni en el Cauca ni en el país se aprende de esos éxitos, sino que se actúa en dirección contraria. Las concepciones del mundo y las lógicas con que actúan los indígenas frente a los territorios de los cuales forman parte, no suelen coincidir con la manera de entender el mundo y de actuar las instituciones estatales, el sector privado e incluso la mayoría de las comunidades urbanas del nivel nacional. Cuando la lógica “occidental” se trata de imponer a la fuerza en las comunidades indígenas, necesariamente se producen rupturas. ¿Qué pasaría, por ejemplo, si a la ANDI o a la Asociación Bancaria intentaran imponerles a la fuerza, en sus terrenos empresariales, la lógica de los pueblos indígenas?


  1. ¿Como salir de este entuerto?

R: Mediante un diálogo real, honesto y horizontal entre autoridades nacionales, autoridades regionales y autoridades indígenas legítimas y representativas, basado en el respeto mutuo, sin imponer y sin satanizar. Los indígenas deben entender las razones que mueven al Gobierno nacional, pero este debe entender que lo que pasa en el Cauca no es un “levantamiento” puntual sino un proceso de resistencia de lleva más de cinco siglos en el que lo que está en juego es nada menos que la posibilidad de unas comunidades étnicas de seguir existiendo. En las últimas tres décadas la estrategia de ese proceso ha sido la resistencia civil mediante la acción no violenta. El Estado nacional debe propiciar todas las condiciones necesarias para demostrar que la acción sin violencia es eficaz. Evitar que los conflictos con la población civil  lleguen a extremos en los cuales la violencia se vuelve inevitable.

Recordemos por último las palabras de Borges: “El diálogo tiene que ser una investigación y poco importa que la verdad salga de boca de uno o de boca de otro. Yo he tratado de pensar, al conversar, que es indiferente que yo tenga razón o que tenga razón usted; lo importante es llegar a una conclusión, y de qué lado de la mesa llega eso, o de qué boca, o de qué rostro, o desde qué nombre, es lo de menos.”

EL TEXTO EN EL TIEMPO

De Alonso Sánchez Baute en El Heraldo

"Proyecto NASA: la construcción del Plan de Vida de un pueblo que sueña" - Libro completo en pdf